Escrito por ENRIQUE BONET
LA ARAÑA DEL OLVIDO
  • Editorial: ASTIBERRI
  • ISBN: 9788416251223
  • Año de edición: 2016
  • Recomendado por: Óscar
  • PVP: 19€
  • Nº páginas: 176

Hay una anécdota en este cómic que me apasiona. Allá por 1928, Lorca, junto a un grupito de amigos entre los cuales figuraban Guillén,  Bergamín y Dalí, fundaron en Granada la revista gallo (el título de la revista iba en minúscula). Con ella pretendían criticar a la rancia burguesía granadina dando a conocer sus propias obras inspiradas en el arte de vanguardia. Y lo consiguieron. Los dos únicos números que se publicaron fueron suficientes para revolucionar el panorama cultural de la ciudad y dividir Granada en dos facciones: la de la cultura rancia e hipócrita y la del espíritu internacional y abierto. 

Al poco de la publicación del primer número de gallo, apareció otra revista llamada Pavo, réplica feroz de gallo. Defendía la literatura tradicional de siempre y atacaba sin piedad a esos jovenzuelos advenedizos que pretendían decirles a los buenos burgueses de Granada qué era la literatura. Lo que estos buenos burgueses (los "putrefactos", en palabras de Dalí) no sabían era que los redactores de esta nueva revista eran el mismo Lorca y sus mismos amigos, que pretendían representar con sorna a todos aquellos de los que los jóvenes granadinos se reían, en un ejercicio genial de burla y autoburla que, desgraciadamente, poca gente supo apreciar. De hecho, paradójicamente, y sin darse cuenta de la burla, mucha gente expresó su apoyo a Pavo frente a gallo. La polémica estaba servida. Incluso se crearon dos frentes intelectuales: los "gallistas" frente a los "pavistas". Y así, hasta desde el insignificante mundillo intelectual granadino, se fue fraguando la división de la sociedad en dos facciones, como si no hubiera más que dos formas de entender las cosas, que desembocaría ocho años más tarde en la guerra civil.

Este cómic magnífico cuenta la historia de un hombre excepcional: Agustín Penón. Hijo de españoles, con pasaporte estadounidense, llegó a España en 1955 con el objetivo de darse un paseo por Granada y tratar de saciar su curiosidad respecto a la muerte de Federico García Lorca, un poeta que adoraba. El paseo se convirtió en una estancia de casi dos años en la que perdió la salud, descubrió muchas cosas que nadie sabía y aprendió que en España imperaba el miedo. Consiguió hablar con la familia del poeta, con los Rosales, falangistas amigos que no pudieron (o quisieron) protegerle, con el carcelero que estuvo con él los últimos instantes (retratado de una manera inolvidable) y hasta se entrevistó en su imprenta de Madrid con el hombre que lo detuvo y que fue el principal responsable de su asesinato: Ramón Ruiz Alonso. Reunió miles de páginas de notas, dilapidó su fortuna, corrió muchos más peligros de los que esperaba y, pese a sus grandes hallazgos, nunca publicó el resultado de sus investigaciones. 

Su trabajo descansó en una maleta hasta que, medio siglo después, la escritora Marta Osorio lo publicó bajo el título Miedo, olvido y fantasía. Estas notas representan el primer esfuerzo real en desvelar el misterio que encierra el asesinato de Lorca. Quizá Agustín Penón no publicó sus notas porque, aunque se acercó mucho a la verdad, nunca logró responder con certeza a las preguntas con las que llegó a Granada en 1955: ¿por qué fue asesinado?, ¿quién lo mató?, ¿dónde está enterrado? Hay muchas hipótesis en torno a estas tres preguntas. La que le ofrecía más crédito a Agustín Penón era la que insinuaba que a Lorca lo mataron porque se había burlado de la Guardia Civil y eso, es bien sabido, en España no se perdona. Aunque quizá lo mataron porque Lorca se burlaba de todo, y en especial, como hizo con las revistas antagonistas granadinas, de esa dichosa y terrible costumbre española de dividir la sociedad en dos facciones, alistarse en una y definir la identidad personal mediante el odio a la otra.

La broma y la burla ofenden. La desgracia es que en agosto de 1936 los ofendidos tuvieran tanto poder y tantas pistolas. 

Agustín Penón se merecía esta novela. Gracias, Enrique Bonet, por llenar ese vacío.