Escrito por JAMES RHODES
INSTRUMENTAL
  • Editorial: BLACKIE BOOKS
  • ISBN: 9788416290437
  • Año de edición: 2015
  • Recomendado por: Óscar
  • También disponible habitualmente en: Inglés
  • PVP: 19,90€
  • Nº páginas: 288

Llevaba escuchando maravillas de este libro desde principios de año. Parecía un libro para dejar en la sección de música, pero se vendía demasiado para dejarlo allí perdido. Parecía un libro-testimonio de esos que arrasan un mes y al siguiente nadie los recuerda, pero la gente se lo sigue llevando con la ilusión primeriza del que está a punto de enamorarse hasta las trancas. Es un libro sobre música y está bien que acompañe a Bach, Beethoven, Wagner, Satie, Debussy y cualquiera que se encuentre ahora mismo tomando té (o absenta) en esa estantería. Es un libro-testimonio de esos que arrasan así que está bien para empapelar escaparates, amontonar en inmensas e inestables pilas y que todo el mundo reciba múltiples impactos del dibujo de la cara de Rhodes de la portada al entrar en la librería o simplemente echar un vistazo desde fuera. Se puede catalogar de muchas maneras, pero ante todo es un libro que enamora, que te machaca y te eleva, y sólo por eso se merece todo lo bueno que le lleva pasando desde que el bueno de James Rhodes reunió el valor y la insensatez de publicarlo. 

Se me ocurren demasiadas razones para recomendar este libro. Demasiadas para esta reseña, que va a quedar larguísima, así que empecemos sin preámbulos: la primera razón es la necesidad de que la gente sepa qué es el abuso sexual infantil. Al escribir esto, estoy seguro de que acabo de perder a varios lectores. Han arrugado la nariz, han exhalado un hastiado o enojado "uff" y se me han ido. De la misma forma que cuando en la librería pronunciamos palabras como "transexual", "homofobia" o "feminicidio" mucha gente deja de escucharte, te ignora o simplemente te corta a mitad de frase diciendo: "uy, qué va, dame algo más normal, que estamos en verano", mientras te mira con ojos de: "¿pero por qué coño me estás diciendo esas cosas asquerosas?" 

Creo que es importante hablar de las cosas perturbadoras con las palabras exactas porque mucha gente tiende a esconderse detrás del lenguaje que utiliza. Si dices "tener relaciones" en lugar de "hacer el amor" o "follar" estás diciendo que te da tanta vergüenza la idea del sexo que no puedes ni nombrarla. Admítelo, son palabras que te resultan asquerosas, repugnantes, infames. Y yo me pregunto, ¿qué tiene el sexo de impronunciable? ¿Qué tipo de trauma infantil han sufrido aquellos que no son capaces de hablar de sexo con naturalidad pasada la adolescencia? Lo asqueroso, repugnante e infame no está en el lenguaje, sino en la intención con la que se utiliza y en la sensibilidad moldeada por la ignorancia y los prejuicios de quien otorga valores morales a palabras que no los tienen. 

Los eufemismos, qué grandes impostores. Los eufemismos son las mentiras con las que escondemos nuestras flaquezas, nuestra vergüenza, nuestros traumas. Si a un adolescente no le hablas de sexo, lo esconderá. Si no lo conviertes en algo explícito, si no vences su natural resistencia a hablar de su intimidad, esta nunca será normal. Si encima lo cargas con conceptos aprendidos de una retrógrada y criminal moral católica, si vinculas el sexo a la culpa, a lo oscuro, a lo vergonzoso, a la perversión y al asco, entonces se retraerá, lo considerará un secreto, frágil, inexplicable puesto que no se le pueden poner palabras. Vulnerable a cualquier ataque, puesto que está feo hablar de ello. Y se convertirá en una persona desconfiada y capaz de protegerse con violencia si no encuentra otro recurso en su educación o en su carácter.

Los eufemismos generan monstruos. Monstruos ciegos e ignorantes. Como esa parte de la población que no puede asociar la palabra violación con un niño. Y se pone los guantes y pasa de puntillas por la idea llamándola "abuso". Pues no. No puede ser. Abuso es otra cosa, y James Rhodes lo dice muy bien: "Abuso es cuando mandas a la mierda a un guardia de tráfico. No es abuso cuando un hombre de cuarenta años le mete la polla por el culo y a la fuerza a un niño de seis años. Es muchísimo más que un abuso. Es una violación con ensañamiento que provoca múltiples operaciones, cicatrices (internas y externas), tics, TOCs, depresión, impulsos suicidas, enérgicos episodios de autolesiones, alcoholismo, drogadicción, los complejos sexuales más chungos, confusión de género ("pareces una chica, ¿estás seguro de que no eres una niñita?"), confusión sexual, paranoia, desconfianza, una tendencia compulsiva a mentir, desórdenes alimenticios, síndrome de estrés postraumático, etc."

La gente que llama abuso a una violación está utilizando el lenguaje para taparse la nariz y trivializar un delito gravísimo que en realidad no está capacitada para entender. Así que basta ya de llamar abuso a las violaciones de niños, basta de remilgos lingüísticos y afrontemos las palabras crudas y salvajes y despiadadas que sirven para describir el mundo y lo que la gente hace en él. Aquí no valen las parábolas, las metáforas ni los castillos de Disney. No valen la prudencia ni la delicadeza. Si no puedes escucharme hablar de violación infantil en la librería, si las palabras que lo describen te repugnan, no podrás entender cabalmente lo que significan, y por lo tanto nunca podrá repudiarlo y denunciarlo con la firmeza y virulencia que requiere tamaña atrocidad, y si alguna vez te cruzas con ello, lo más probable es que pases de largo tapándote los ojos igual que te tapas los oídos cuando la gente habla de ello. Si reducimos los delitos (y la vida en general) a lo que podemos manejar, si cambiamos las palabras objetivas que describen el mundo por otras que lo camuflan para adaptarlo a nuestras limitaciones, podemos acabar siendo cómplices de verdaderas atrocidades.

La segunda razón para recomendar este libro es cómo está escrito. El tono y la distancia que ha puesto entre lo que cuenta y sí mismo. Yo no sé cómo contaría en un libro mi vida si hubiera sufrido una parte (no digo ya todo) lo que ha sufrido James Rhodes. Lo que sí sé es que la voz que ha encontrado para relatar las atrocidades, con todos los datos imaginables pero sin un ápice de exceso en los detalles, me parece incomprensible. ¿Cómo es posible esa ligereza, ese humor para reírse de sí mismo, esa hiperconsciencia de quién es, esa portentosa inteligencia para comprenderse a niveles profundos y esa lucidez en medio de los desequilibrios mentales más extremos? El humor, el humor es lo que me descoloca, una y otra vez. Esa capacidad para cachondearse de sí mismo, para culparse de todo y llamarse de todo y a la vez aspirar a todo lo bueno y lo sublime que rodea la vida de cualquier persona con la sensibilidad necesaria para percibirlo. El humor en medio del infierno. El humor para cruzarlo, para sufrirlo y para salir de él. Eso me deja boquiabierto. 

Y después, su capacidad para contagiar el amor que siente por la música. Un amor equiparable solamente al que siente por su hijo. Un entusiasmo maniático, excitado que nunca descansa. Una exaltación constante por la música clásica. Otra razón, ¿la tercera ya?, para diagnosticar este libro en las recetas de todos los loqueros del mundo. La cantidad de música que es capaz de meterte en el cuerpo a base de entusiasmo puro y duro es apabullante. La música, y el piano, como motivo para seguir, como luz a la que agarrarse, como razón más poderosa para despertarse cada mañana y tener ganas de desafiar al mundo con otro pedazo de belleza, arrancado a mordiscos con sudor, paciencia y cientos de miles de horas de práctica. 

Y para terminar: soy pianista. Me considero un pianista feliz. He tocado en público obras difíciles, he sorteado las trampas de Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Chopin, Mendelssohn, Liszt, Brahms, Debussy, Dvorak, Ravel, Fauré, Rachmaninov, Shostakovich, Prokofiev y algún otro con cierto éxito y he grabado obras de todos estos genios y también obras que he compuesto e improvisado yo. La gente me suele escuchar con placer. Algunos están orgullosos de mí. Me apasiona la música clásica. Y no me quejo del caudal de música que brota de mi cabeza. Pero no recuerdo cuándo sentí por última vez unas ganas tan locas y puras y bonitas de ponerme a tocar el piano como las que me ha contagiado el bueno de James Rhodes con su libro. Le daría un abrazo de oso sólo por eso. Por saber escuchar la música con esa inocencia apasionada, con esa devoción electrizante. Y por tener la capacidad de transmitirla tan maravillosamente bien.